Aún dentro de los márgenes de la música y la cultura pop, es posible establecer desafíos sin salirse de rumbo. Ante fronteras establecidas de manera tan clara e indeleble, no hace falta más que una serie mínima de gestos o detalles que pongan en cuestionamiento las máximas que regulan el juego. Y bastante de eso hay en la concepción de «Blue Monday», y por qué tardó en volverse un tema exitoso en 1983.
Desde su concepción misma, el tema hace caso omiso de algunas premisas básicas para el éxito instantáneo: tiene una duración extensa para una canción pop (siete minutos y diez segundos en su edición original), lleva por título una frase que no aparece mencionada en ninguna parte de la letra, carece de estribillo y no tiene una linealidad concreta en su desarrollo, ya que entre el primer y el segundo verso hay un extenso pasaje instrumental, mientras que del segundo al tercero casi no hay transición alguna.
«Blue Monday» es, en cierto modo la bisagra entre la música disco y la cultura acid house que se caldeó en Manchester bien entrada la década del ’80. Su clásica introducción es fruto de un error: según aseguran los propios miembros de New Order, la tecladista Gillian Gilbert introdujo a destiempo la melodía de secuenciador que sigue al bombo en negras, pero el resultado final fue un error que terminaría siendo característico de la canción. Si bien las letras de Bernand Sumner suelen tener un mensaje críptico detrás, en este caso las interpretaciones son bastante simples (un hombre agobiado por una relación sofocante), aunque erróneamente el tiempo le ha dado una lectura vinculada a la guerra de Malvinas, conflicto al que alude otro tema de New Order del año anterior, «We All Stand».
A pesar del éxito en términos de difusión radial, el simple de «Blue Monday» trastrabilló comercialmente en su tirada inicial. Su portada simulaba ser un diskette sin rótulo alguno más que unos rectángulos de colores en su costado derecho. El gesto respondía a un código alfabético desarrollado por el diseñador Peter Saville, que sólo se podía decodificar con la contratapa del disco Power, Corruption & Lies, un detalle ambicioso si se tiene en cuenta que la canción no figura en el álbum. Su lenta conversión en himno de las pistas de los clubes de Manchester hicieron posible su reconocimiento poco tiempo después, y en 1988 y 1995 volvió a los charts ingleses, gracias a dos reediciones propulsadas por los remixes que Quincy Jones y Hardfloor hicieron del tema, respectivamente.
{youtube}ftJZomwDhxQ{/youtube}
credits: Rolling Stones
